La ciudad mezcla curiosamente su lado sagrado y el profano. Es famoso por su carnaval callejero, pero también por su colección de iglesias barrocas, donde destacan:
Pero al pasear por las calles cubiertas de adoquines, admirando las fachadas multicolores de las casas de los siglos XVIII y XIX, lo que sientes son los tambores maracatu, el temblor del frevo, la certeza de vivir una ciudad acostumbrada a las fiestas populares.
Otra visita imperdible es el Teatro de Bonecos Mamulengo, uno de los principales representantes de la cultura popular nororiental. Se trata de una colección con más de mil muñecos de madera que, manipulados por las manos de los actores, cantan, bailan, pelean y se burlan, incorporando personajes típicos del Noreste en escenas de la vida cotidiana. El Museo Mamulengo, creado en 1994, fue el primero en Brasil dedicado a este arte.
Y para confirmar su importancia, Olinda fue declarada Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1982.